Fede García nos vuelve a deleitar con sus historias desde Tokyo (Japón)

 

No, tranquilos. No es una nueva catarsis pública sobre las aventuras y desventuras de mi vida personal y profesional en el país del sol naciente. No, nada de eso. Primero, porque nada ha cambiado demasiado desde la última vez que escribí. Segundo, porque estoy bajo medicación con el objetivo de controlar mis súbitos cambios de estado de ánimo (alguno podrá tildarme de bipolar y no estaría tan errado –‘publicidad te amo te odio’ se tituló mi última nota). Y tercero, porque el dueño/editor de esta prestigiosa publicación sutilmente me dijo ‘gordo, a ver si la cortás con estas emo-notas que me tirás el blog a la mierda’. Así que ya sin tema para desarrollar, encontrábame yo perdiendo el tiempo en las redes sociales en esta mañana de feriado (noche de día laboral para ustedes) mientras miraba aburrido como la lluvia caía por la ventana. Como siempre en Facebook, en particular desde mi exilio, recorro los nombres de las personas que me aparecen en el chat para ver con quien puedo hablar un rato (sea algún querido amigo que me alegre la mañana, o alquien que esté peor que yo, cosa que me levante un poco el ego y así también me alegre la mañana). Sucede entonces que, a medida que voy pasando el cursor por todos los nombres que aparecen en la lista, descubro que cada uno muestra una suerte de título que indica algo de sus vidas, como donde viven, donde estudiaron o de qué trabajan. Y a este último punto quería llegar.

Por cuestiones que tienen que ver con mi profesión o mi condición de ahora ex- docente, en las redes sociales suelo encontrarme con muchísimos jóvenes ávidos de progresar en sus carreras. Y hete aquí que, en esa avidez de progreso, pareciera ser que sus títulos laborales se mueven a una velocidad infinitamente superior a la de sus vidas. Así voy encontrando estudiantes y recién egresados que no superan los 23 años, con títulos de ‘Director General Creativo’, ‘CEO’, o ‘Founder’ (sí, founder, in english). Dios mío, todavía no pisaron una agencia y en LinkedIn muestran un perfil digno de David Droga. ¿Recuerdan la famosa dicotomía en la que a uno lo ponían a elegir entre ‘cola de león o cabeza de ratón’? Por lo visto la cuestión pasa ahora por ser cabeza y de cualquier cosa (de termo, como diría El Diez) ¿Director General Creativo de qué sos? ¿Me podés explicar? ¡De tu cuarto, hijo de puta! Al otro, el que se autodenomina Ci I Ou a lo Mark Zuckerberg en The Social Network le pregunto: ¿sabés lo que significa CEO, caradura? ¡No tenés una agencia, estás frileando, la concha de tu madre! Me indigna, perdón, no lo puedo evitar. Hoy pareciera ser que las redes sociales, de la misma manera que nos permiten a todos mostrarnos lindos, tiernos, adorables, cancheros, sexies e inteligentes, obran las mismas maravillas con nuestros currículums y nuestras carreras. Cuando arrancaba allá lejos y hace tiempo en la Casares Grey de la calle Suipacha como cadete, directores creativos eran tipos como el mismísimo Pablo Del Campo (‘Pablito’, para Don Hugo Casares). Hoy, basta con pegar una miradita a Facebook, Twitter, LinkedIn y hasta incluso Instagram, para encontrar toda una colección de adolescentes autodenominándose ‘directores-de-algo-que-suene-canchero’ cuando todavía no pueden dirigir ni el tránsito. Me hacen acordar un poquito al personaje de Gaby Godzzer en Graduados, la ‘Gerenta de Fotocopias’ (sí, veo Graduados, qué quieren, no me maten, vivo en Tokyo y cuando extrañás hacés cosas pelotudas).

Tranquilos igual, no se sientan ofendidos y salten ahora en masa a atacarme (o a abandonarme en las redes sociales, que es muchísimo peor). Es claro que los tiempos han cambiado, el mercado se achicó mucho, la cantidad de nuevos creativos se multiplica en forma exponencial y no hay lugar para todos. Entonces surge como una opción más que viable el proyecto propio, y ante la imposibilidad de crecer aprendiendo de otros, no quede otra que aprender solito y a los golpes. Por eso, esto no es más que un humilde consejo: aflojen un poquito, niños y niñas. No se apuren a ponerse cargos y dejen que el tiempo se los dé solito (qué frase arjonezca tiré por dios, alguien que me pegue un tiro en la cabeza ya). Hubo una época, créanlo o no, en la que alcanzar alguno de esos títulos era toda una distinción que imponía un respeto bárbaro y al que costaba un huevo y medio llegar (o los dos). Y así, revoleándonos cargos por la cabeza, siento que estamos tirando toda la profesión un poco al barro. Debe ser la edad, pero cuando de pendejo esperábamos el ascensor en la vieja Casares y justo te llegaba Vega Olmos, aunque sobrara lugar subíamos por la escalera. Creo que hoy, si la situación se volviera a presentar, haría lo mismo (o me subiría con él pero sólo para pedirle laburo, claro).

Founder, Owner, Chairman, Manager, DGC, ECD, CEO, CCO o cualquier otro título que podamos inventar no nos va a hacer mejores ni peores profesionales. Mírenme a mí sino: de cadete a director creativo siendo el mismo pelotudo de siempre, y con ganas de mandarme a mí mismo a arrancar de nuevo como trainee cada vez que releo las ideas que dejé garabateadas en mi block. Sepan también que lo que pongan en sus tarjetas personales nunca va a impresionar más o menos a un cliente. Es como la sobrepromesa en la publicidad. Si el producto no está a la altura, sobreviene la catástrofe.

Como muestra, les dejo la anécdota de un purrete que una vez entrevisté, mientras buscaba un redactor senior: 23 años, apenas once meses (11) de experiencia laboral, se me planta en mi box pidiéndome más guita de la que yo ganaba, mientras me explicaba que los laburos de su carpeta no eran buenos por culpa de las devoluciones de sus directores creativos ( ‘no entienden nada’, según el). Como para terminar de convencerme de que era el candidato ideal, entre sus innumerables hitos profesionales destacó que era además profesor de creatividad (de vuelta, 23 años de edad, menos de uno de carrera), y que sus más brillantes ideas las hacía para venderse él mismo, porque (y esto es textual) ‘yo soy mi mejor producto’. Debo confesar que si no lo llamé para decirle que no había quedado fue porque temí mucho el devastador ‘vos tampoco entendés nada, pelado boludo’.

Así que ahí va mi consejo, jóvenes argentinos (y de cualquier otro país en el que lean esta emblemática publicación): rómpanse el orto laburando, que es mucho más fácil demostrar lo que uno vale con laburo que con un perfil de LinkedIn. Y en cuanto qué poner en tu tarjeta, un humilde ‘creativo publicitario’ alcanza y sobra. Que ya eso de autodenominarnos ‘creativos’, de humilde no tiene un pelo (¡Cómo vos, que tampoco tenés un pelo, pelado boludo! –acotaría el purrete).

PD: igual ojo, que varios amigos me pidieron los datos del pibito éste para entrevistarlo. Lo quieren conocer todos. Yo todavía pienso que fue una joda que me hicieron.

PD 2: esta nota es una obra de ficción y fue escrita con el único fin de entretener a la audiencia. Cualquier parecido con hechos y personas reales es una mera y simple coincidencia.

 

Mentime que me gusta                   Bienvenido sea el baño de humildad. Creativos de verdad son ellos, no los que hicieron la campaña.

Nota del editor: ”Mentime que me gusta” fue escrito por Fede García desde su aislamiento creativo en Tokyo Japón, donde trabaja como Director Creativo de Ogilvy & Mather. Acá les dejo su humilde perfil de Linkedin donde no miente ni un poco.

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  • Jose García says:

    Te estas poniendo viejooooooooooo!!!!!!!!!!!

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